La recuerdo a mi abuela vasca, en el corredor de su casa…

 




… Que tenía una enredadera con hojas como medallitas, sola, alta, delgada y siempre vestida de negro, que cada vez que me miraba las manos sonreía y decía que eran iguales a las de mi padre.  Ella había criado a sus cinco hijos varones cosiendo una ropa que las vecinas recordaban como muy fina.

Después, por tener muchos años, cuando parecía una niña, la trajimos a casa donde la cuidaba otra vasca: mi madre.

Las dos habían venido de una Europa empobrecida por la guerra a hacer la América, de la única manera posible: trabajando.

Cuando terminé el bachillerato, como muchos otros jóvenes, migré de la ciudad donde nací a otra donde había Universidad, para poder seguir estudiando. Allí me gradué, formé mi familia y trabajé varios años.

Hace ya treinta y cinco, nuevamente migré. A esta ciudad, donde crecieron mis hijos y seguí trabajando.

Y con mucha frecuencia recuerdo a mi padre gaucho, que amaba tanto a su tierra y en los días de lluvia, allá en el sur de mi infancia, me leía algo de lo que tanto le gustaba, el Martín Fierro, de José Hernández. 

Del Martín Fierro, dice Sábato en sus diálogos con Borges: “…Pienso que describe el exilio de los gauchos en su propia patria. Es un canto para los pobres… Vale, porque a partir de su rebeldía, expresa los grandes problemas espirituales del hombre, de cualquier época: la soledad y la muerte, la angustia, la esperanza y el tiempo”.

De la pampa, en 1870, Robert Cunningham Graham, en “Temas criollos”, decía: “Nada más que pasto y cielo, cielo y pasto y luego más pasto y aún más cielo. Nada, porque pampa significa en quechua: espacio vasto y vacío; es decir, vacío del hombre y de sus obras, pero lleno de sol y de luz y del aire más puro que pueda imaginarse…”

Ahora que envejezco, que se van cerrando los círculos, como dicen los otros orientales, valoro cada vez más el cariño de mis padres y la seguridad de mi hogar, quizá porque la época en que vivimos es tan diferente a los que esperábamos que fuera en nuestro sueños de jóvenes, en que todo los pensábamos mejorar o porque no nos resignamos y seguimos pensando en que todavía, trabajando entre todos, podríamos vivir cada vez un poco mejor, en esta ciudad que tanto queremos.

Se preguntarán qué me movió a hacer esta publicación y trataré de explicarlo.

Había guardado el material porque tengo la costumbre o el defecto, ya no sé, de ser ordenada. 

A medida que pasa el tiempo es evidente que se pierde la memoria de lo que hicimos los mayores.

Inclusive hemos llegado a escuchar en algunos eventos: “¿Por qué siempre los mismos?”

Yo diría que porque somos persistentes y nos gustaría que se nos escuchara un poco, porque hemos trabajado mucho por esta ciudad y sus ciudadanos, siempre con la mejor intención y con mucho respeto.

Podrán notar que al fin y al cabo MIGRAMOS, tanto en la vida personal y sus diferentes épocas, en los instrumentos tecnológicos que nos sirven de apoyo, en los institucional, en lo territorial, en la gestión y en la población a la que va destinada.

Ahora con una prótesis de cadera, a mi familia y a mis amigos no les gustaba verme renguear, siempre me quedará la duda de si no fue mucha soberbia ponérmela, porque para el organismo no deja de ser una agresión el proceso que implica su colocación, por más que debo reconocer, mejoró notablemente mi calidad de vida.

Y una trombosis posterior de la que salí de a poco, hizo que yo también entendiera que he llegado a un tiempo de cuidado.

Al tener esta oportunidad de vivir un poco más, pensé que valdría la pena dar a conocer mi experiencia en la época en que me tocó vivir, al fin y al cabo, soy de la generación de los ’60, la que marcó un cambio en los enfoques del mundo.

Un mundo que para mí fue orgánico desde los tiempos de la Universidad, frente a las corrientes racionalistas, nuestros docentes nos recomendaban conocer la literatura oriental, la relación respetuosa del hombre con la naturaleza, la relación respetuosa de la arquitectura con la naturaleza, la relación respetuosa del hombre con el hombre.

Los invito a leer mis disquisiciones, relacionadas finalmente, con algo tan apasionante como es la vida, que nunca deja de asombrarnos.


Marta Elcuaz. Presentación de su libro “Migramos”, abril de 2012.

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